Anna Netrebko y sus amigos: un inmenso éxito en el Teatro Real

La relación de Anna Netrebko y Madrid sigue siendo una entelequia. Cantó en el Teatro Real en 2001, como secundaria de «Guerra y paz» de Prokofiev. Se ha dicho que alguien descubrió a la soprano y le pronosticó una fulgurante carrera, pero su presencia apenas dejó rastro en las crónicas de entonces.

Ayer, dieciocho años después, Netrebko volvió al escenario del Real y mucho se hablará del inmenso éxito del recital.

Lo tuvo, pero sin excesos, ni por la demanda de entradas con algunas disponibles en la misma tarde, ni por el final, con una sola propina que, además, fue una de esas canciones que lo soportan todo. Netrebko y sus amigos, el tenor azerí Yusif Eyvazov, su marido, y el barítono Christopher Maltman, cantaron, fuera de toda sensatez, «O sole mio». La gira de los tres comenzó en el Bolshoi y acabará en el Kremlin. Por medio, San Petersburgo, Madrid, Barcelona, el día 4, Praga y Conpenhague, antes de que Netrebko acuda a la Scala milanesa para protagonizar «Tosca».

En estos años, Netrebko ha sufrido un incesante crecimiento vocal. Esta temporada, por ejemplo, debuta como protagonista de «Turandot» y canta su primera Elisabetta en «Don Carlo». Está en la cumbre del orbe operístico si se atiende a Piero Mioli y su práctico «Manuale del melodramma», donde se clasifica a los cantantes por la importancia del personaje que interpretan, por su calidad vocal, y por la fama que arrastran al margen del escenario. Netrebko copa las tres categorías.

Reina de Instagram y de la moda, ayer lució tres vestidos y joyas formidables. Y la calidad vocal es incuestionable como se vio con «Tu che la vanità» de «Don Carlo», todo una alarde de recursos y expresividad, demostración incuestionable y privilegiada. O «Ove son io?» de «Macbeth», acumulando nervio y tensión junto a Maltman, por otra parte un soberbio barítono, que pisa con voz notable y autoridad. Con independencia de que a veces el apoyo en algunas notas no sea determinante ni tampoco la fluidez del registro agudo.

El caso de Yusif Eyvazov merece otra consideración, pues a su vozarrón y esforzado trabajo se une un color vocal débil y una calidad artística de poco interés. Pero aún así en la primera parte dedicada a Verdi todo fue coherente, desde el afectado comienzo con Netrebko y Eyvazov cantando «Già nella notte densa» de «Otello» a la bien resulta «Tace la notte» de «Il trovatore».

Dislate

Otra consideración merece el dislate de la segunda parte. Netrebko ante fragmentos de «La Wally» y «Gianni Schicchi» mostró, respectivamente, voz de acero y artificiosa musicalidad. «Cavalleria» y «Tosca» fue refugio para el gusto obvio de Eyvazov pese a los muchos bravos. «La viuda alegre» un pasable dúo de Netrebko y Maltman. Y «Andrea Chenier» la oportunidad para que este cantara una rotunda versión después de tener que repetir por un zumbido eléctrico en la sala. Denis Vlasenko dirigió a la orquesta titular de manera eficaz, muy segura y adecuada. Sobrio, árido, y solo algo perdido en el «Intermezzo» de «Cavalleria». También fue un momento muy jaleado. Confirmación de una noche de clima controvertido. .

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2019-11-2 15:42