Un cambio necesario para poner fin a la etapa negra de España en Eurovisión

Si España lleva 47 años sin ganar Eurovisión, es evidente que existe un problema. Y para desazón de los miles de fans del festival que sueñan con ver de nuevo un triunfo de TVE en el certamen europeo (la inmensa mayoría no vivieron las victorias de Massiel y Salomé al final de la decada de los sesenta), realmente son varios los que, pese al paso de los años, se acumulan sin resolver y sin perspectiva de solución.

La falta de compromiso de TVE hacia un festival que casi siempre le ha reportado audiencias millonarias es el principal síntoma de debilidad. Pero no es el único: el frágil estado de salud de nuestra industria musical, en coma inducido tras la revolución digital y el «streaming», el miedo de los artistas al ridículo o a sacar poco beneficio de un festival para «frikis» y la constante descalificación de los medios de comunicación hacia un festival generoso en titulares y polémicas vertebran un esquema ruinoso para nuestras aspiraciones eurovisivas. Si se trata de romper con clichés y tópicos ligados constantemente al festival, ahí va el fundamental: frente a aquellos que hablan de un concurso «añejo» y «desfasado», Eurovisión se revela como un formato televisivo a la vanguardia en innovación tecnológica y actualmente con el mayor número de países participantes, lo que se traduce a su vez en un éxito rotundo con más de cien millones de espectadores cada año en todo el mundo. La oportunidad de participar en este show con tanto seguimiento y semejante repercusión debería bastar para que los principales artistas españoles se pelearán cada año por ser la voz de un país que cuenta además con la ventaja de estar en la final sin necesidad de superar la criba de las semifinales. La realidad es muy distinta: la dejadez de TVE, más ocupada en los últimos años de cumplir con el trámite que en buscar propuestas sólidas y con perspectiva ganadora, y el deterioro de la imagen del festival, han provocado que los cantantes de nuestro país rechacen beneficiarse de la publicidad masiva y gratuita que genera el concurso a cambio de salvaguardar el éxito de su carrera, por exiguo que sea, y evitar someterse al juicio europeo. Sólo a través de la selección interna, artistas como Pastora Soler, El Sueño de Morfeo o Edurne en los últimos años, se han arriesgado a lanzarse a la aventura. Mientras que en otro países europeos la competición entre intérpretes consagrados forma parte de la esencia eurovisiva, aquí pocos se atreven a poner su mirada en Eurovisión si no es mediante el dedo interventor de TVE. Esto, tal vez, podría explicar el desconocimiento que buena parte de la ciudadanía manifestó ayer cuando la cadena pública dio a conocer la lista de los seis candidatos españoles a acudir este año al concurso. Con la excepción de Maria Isabel, ganadora en 2004 de la versión junior del concurso, muy pocos conocían a alguno de los artistas que pugnarán este año por el billete para Estocolmo. Aunque esto pueda, en un principio, parecer problemático, lo cierto es que el cambio de voluntad manifestado por TVE nos despierta del letargo que comenzaba a apoderarse de la forma de actuar de la cadena pública en lo que a Eurovisión se refiere. Por primera vez en muchos años, la cadena opta sin vergüenza y con convicción por talento joven, cantantes que ven en el festival su gran oportunidad para sus carreras y no la tabla de salvación a la que se aferraban estrellas en declive o en continua abnegación. Esto, además, permite que todos entren en la competición en una práctica igualdad de condiciones. Será la canción que defiendan la que decidirá el ganador. Y ahí está la semilla de la cual puede germinar el ansiado triunfo en Eurovisión: por encima de la calidad de los intérpretes elegidos o su innegable dedicación al proyecto eurovisivo que acaban de emprender, lo importante es que los temas sean potentes, innovadores y adaptados a la demanda actual del público europeo. Abandonar la apuesta lineal y previsible en la que España lleva instalada demasiado tiempo y forjar un camino que explore nuevos sonidos, nuevas formas de entender la música, nuevas experiencias. Electric Nana sería, a priori, la apuesta más fiable para abordar ese cambio, pero no pueden desmerecerse las candidaturas internacionales que prometen Xuso Jones o Barei, o el marcado acento latino de las propuestas de Maverick, Salvador Beltrán y Maria Isabel, un terreno inexplicablemente poco explorado hasta ahora por España en Eurovisión. El éxito final de quien sea el encargado de subirse al escenario del Globen Arena de Estocolmo el 14 de mayo sería el mejor impulso para mejorar la imagen del festival en nuestro país. Hay que demostrar que trabajar a fondo en una apuesta robusta y brillante puede dar sus frutos y que cualquier artista puede ver Eurovisión como una plataforma para exhibir su talento y valía. Si esta preselección que nos brinda TVE este año consigue eso, ganar o no será hasta casi lo de menos.








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2015-12-30 10:18

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2015-12-29 16:34