Cataluña , dos exámenes

La Diada empezó el sábado, con el periódico independentista Ara explicando a sus lectores que no publicaría la publicidad del referendo para evitar las consecuencias penales. Después de tantas portadas presumiendo del "No tenim por", el miedo llegó en una carta y fue un espectáculo que nunca vamos a olvidar la afectada capitulación de los más cursis periodistas de Cataluña, los que a todos nos han llamado traidores y cobardes mientras ellos se proclamaban depositarios de la única lealtad digna y posible a la patria.

Fundaron su periódico haciendo ver que ponían su dinero pero en realidad lo levantaron de TV3, cuando la entonces directora, Mònica Terribas, les sobrepagó con cifras de escándalo sus penosos programas: siniestra trama, tan siniestra como grandilocuentes han sido, durante todo este tiempo, sus discursos contra la corrupción. Y ahí están ahora, corriendo a esconderse como las ratas cuando llevan su vida entera exigiendo cobrar como héroes de la causa. Todas las lecciones terminan en la misma papelera de la Historia y Sandro Rosell todavía está en la cárcel.

Ya ayer, por la mañana, mitin de Albert Rivera en la playa: público entregado, se lo aplaudieron todo pero sin entusiasmo: hay mucha más moral de victoria en el otro bando. Aprovechó Albert para críticas a PP y PSOE por haber pactado con los nacionalistas y se ofreció de solución a todo como la publicidad de algunos detergentes. Y aunque se esforzó por levantar pasiones, lo único que consiguió levantar fueron sus brazos y se le vieron los sobacos sudados.

Ada Colau y Pablo Iglesias recibieron en Can Zam, Santa Coloma. Mucha, mucha incomodidad. Se atreven contra Rajoy pero no a apoyar al independentismo ni a girarle la espalda. Cálculo electoral intentando una equidistancia imposible. Pablo Iglesias dio sus venezolanas lecciones de economía. El público de Can Zam le ovacionó en una demostración más de que si Suiza es Suiza y Senegal es Senegal es porque en Suiza hay suizos y en Senegal senegaleses. Can Zam capital Caracas. Pablo Iglesias, Maduro y Chávez. Intinerarios físicos y morales. Miseria. Hambre.

A primera hora de la tarde, el independentismo vivió la última demostración que va a salirle gratis. La última cenefa al viento antes de tener que empezar a pagar el precio. Fue un vistoso signo de la suma, de sumar para ser más, probablemente porque saben que son menos de los que hacen falta para lo que van a intentar.

Nadie en Europa tiene semejante capacidad de movilización pero hubo menos participantes. Cierto cansancio de performances a la espera del gran desafío. Eso sí, el gusto kitsch de fiesta sorpresa que una esposa motivada te organiza cuando cumples los 50 se mantuvo intacto: ayer los manifestantes estaban llamados a ponerse una camiseta amarilla al paso de cuatro grandes pancartas buscando no se sabe exactamente qué efecto. Ambiente de víspera, euforia.

La sensación que dejó la jornada es que también el Estado se pondrá a prueba el 1 de octubre. El Estado en su esencia, en la capacidad que tenga de resolver un reto tan extraordinario: España y también sus socios. ¿Qué margen y qué límites tiene hoy un miembro de la Unión para solucionar un conflicto territorial de esta naturaleza? Los independentistas creen que nadie va a poder detenerles. Esperan hasta con regodeo la reacción del Gobierno para burlarse de lo que pueda hacer, como de la Guardia Civil cuando el sábado acudió a registrar la redacción de El Vallenc. De nada sirve ni siquiera la legalidad si dejas que los otros impongan su relato. Todo el mundo sabe lo que la Generalitat pretende pero nadie cómo el Gobierno piensa evitarlo. El primero de octubre habrá en Cataluña dos exámenes. Si Puigdemont puede mínimamente contar, proclamará la república catalana. Y luego ve y arréglalo.

Salvador Sostres.

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2017-9-12 06:42