Clichés

Hemos vuelto a comprobar que la mirada anglosajona sobre España, condescendiente, perezosa, contiene clichés acerca de la vigencia franquista y la pedagogía necesaria en un país bárbaro como lo ansiaban los viajeros del romanticismo –los precursores del «Spain is different»– que aún permanecería aferrado al anacronismo de sus espadones, sus carlistadas y sus a que no hay huevos.

A partir del XIX, España sufrió la condena de ser percibido como un parque temático. Ya fuera de los experimentos revolucionarios y sus reacciones, de la sangre derramada por los toreros o de la playa, dependiendo de la atracción que buscara cada visitante. Aún quedan rapsodas sajones, con vocación tardía de brigadista internacional, que se niegan a aceptar el cierre del parque temático y su conversión en democracia regida por una tediosa aspiración a ser normalidad europea. De ahí la naturaleza anacrónica de esta última carlistada, la indepe, que señala la única existencia en España de un elemento político regresivo y folclórico, tan museístico al final como el mostacho decimonónico de Tejero en el que se extinguió la tradición de asonadas que me relincha en la biblioteca por donde está colocado Galdós.

Sin embargo, es difícil reprochar sus desvaríos a esos brigadistas de salón que se toman como una estafa personal que España sea un país normal, más allá de sus imperfecciones particulares. Es difícil reprochárselo porque la perdurabilidad del franquismo la vocean jóvenes políticos españoles que lo mismo pretenden derrotar a Franco retrospectivamente que lastrar cualquier posibilidad de cohesión española mediante la asociación de la identidad nacional con estigmas históricos. He ahí la gran coincidencia de independentistas y extremistas de izquierda a la que se ha abrazado Iglesias: el interés compartido por sabotear España y por impedirle superar su pasado a base de aventar tópicos que nos mantendrían cautivos del lado malo de un maniqueísmo infantil, así como de un linaje culpable para el cual no hay perdón posible. Algo importante es que la socialdemocracia, aunque sea tarde para matar el monstruo cultural que ayudó a crear cuando tenía el gauchismo divino subido, se ha desmarcado por fin de este tráfico de clichés insidiosos.

Aunque circulen caricaturas de la España negra en el mundo sajón, algo ha ocurrido por lo que deberíamos sentirnos aliviados. En la UE, que es nuestro ecosistema, todo esto no cuela ni afecta la percepción de España como una democracia homologable con cualquier otra de las del club. Puigdemont viajó al corazón mismo de la UE a victimizarse como refugiado y perseguido de conciencia creyendo que le funcionarían los clichés posfranquistas. No ha sido así. De la UE lo único que ha obtenido es apoyo a España, a la nación a la que no tienen nada que objetar ni los mismos franceses que antaño refugiaron etarras, y burlas sobre su locura, su cobardía y hasta su peinado. España está donde tiene que estar. Lo que está lejos es el «New York Times». .

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2017-11-4 21:01