Guruceta

Éste es el referendo de las mil batallas perdidas. El Barça y el catalanismo, que tantas veces se han expresado en un solo clamor, son el mismo río que lleva las frustraciones de tantos y tantos catalanes.

Un entremezclado sentimiento de agravio, desde Guruceta hasta 1714, ha servido para cancelar cualquier autocrítica, justificar toda clase de mediocridades y convertir cada derrota en un atraco y vivirla desde una endogámica superioridad moral que ha traído más derrotas y más amargas, como siempre que buscamos culpables ajenos en lugar de entender nuestros errores y aprender de ellos.

La excitación que el prometido referendo causa en personas por lo demás sensatas se explica por lo que tiene de revancha. Con él pretenden ganar en el descuento todo lo que en su vida perdieron. La Guerra Civil, el sesentayocho, no haber llegado nunca a ser más inteligentes que sus padres pese a las infinitas lecciones que les dieron, el penalti de Guruceta, que Franco se les durmiera, el odio a la Iglesia, el desprecio de Dios y ese relativismo de listillo universitario que de muy jóvenes les llenó de orgullo y les vació de dignidad y que ha sido la madre de todos sus naufragios. Hay muchos, muchísimos catalanes entre 40 y 70 años que sangran por estas derrotas vividas o heredadas y que pese a ser de clase alta, o media alta, y a la discrepancia formal con la CUP, embisten con su misma desesperación, con su misma rabia.

Tal vez sea su última oportunidad para resarcirse de su derrota permanente y por eso buscan con la independencia de Cataluña -que hace cinco años que les importa, nunca antes- dar un destino a sus vidas que al final las salve de esa vulgaridad, amorfa y sin esperanza, a la que siempre conduce la arrogancia. Esta pulsión, tan emocional, cocida al fuego humillante de tantísimos fracasos, explica la transversalidad del independentismo y por qué en determinados ambientes de bienestar y orden se llega a coquetear con lo revolucionario. El catalanismo, como el barcelonismo, se basa en un sentimiento de agravio, en una supuesta deuda eterna, en una rabia alimentada de generación en degeneración que en todo te da la razón y que de cualquier culpa te libera. La idea de que España nos odia, nos perjudica, nos hace trampas y nos roba ha promovido no sólo un catalanismo sino una sociedad catalana ajena a la autoexigencia, narcisista, autocomplaciente, que está tan persuadida de tener razón que la menor discrepancia la ve como un insulto o como una traición, como el sonido del silbato de Guruceta o los cañones del duque Berwick justo antes de que capitulara Barcelona.

Salvador Sostres.

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2017-9-9 05:17