La lucha

La rendición de Forcadell ante el Supremo ha causado regodeo. Como siempre que de un personaje resulta que su narcisismo extendía cheques que su coraje no podía pagar. Con unas habilidades elusivas que ya las habría querido Nicolino Locche, la reina de la agitación callejera y muñidora de la asonada parlamentaria del 6 de septiembre fue renegando punto por punto del papel histórico que antaño se arrogó.

Sólo le faltó presentarse disfrazada de Manolo el del Bombo para acreditar españolía. El nacionalismo no se cura viajando, como dice el tópico. El nacionalismo se cura ante la posibilidad de ir a la cárcel. Pero vamos, como por efecto mágico, como en la sanación milagrosa de un leproso.

Después de un lustro escuchando los tam-tams del destino de un pueblo, resulta que la declaración de independencia fue una broma, un gesto estético, como un manifiesto de borrachos en la tertulia de un café. Poca cosa, entonces, como para justificar el daño infligido al país, a su economía, a su ambiente social, a su imagen exterior. Poca cosa como para justificar la emotividad de los independentistas que de verdad creyeron participar en la fundación de una república y que ahora tendrían todas las razones para sentirse estafados, para darse cuenta de que los engañaron para que hicieran de actores de reparto en una inmensa engañifa cuya disposición al sacrificio no ha soportado el más aséptico embate del Estado. Algunas palabras, como lucha, resistencia, dictadura y exilio, jamás volverán a significar lo mismo después del vaciamiento de contenido a que las han sometido los personajes autoparódicos del separatismo y los oradores tremendistas que tienen por socios en Podemos, ansiosos éstos por luchar contra Franco aunque sea en el «paint-ball» y por fundar una democracia que lleva cuatro décadas operativa. Tanto tiempo, de hecho, que la distancia del verdadero exilio y de la verdadera dictadura es lo que les permite jugar frívolamente con esos conceptos.

También me declaro estafado por Forcadell. He fantaseado demasiado con todo esto que parecía ir a ser una oportunidad periodística compensatoria de la sensación de haber nacido tarde para vivir cierta Europa. Resultaba extraño que personas de clase media, cuando no burgueses rococó, nacidas en un mundo libre y bien dotado -hasta arquitectónicamente-, estuvieran dispuestas a complicarse la vida y los patrimonios por una influencia narcótica de la ideología. Pero nos lo creímos. Nos creímos las bravatas de «ni un paso atrás». De «cárcel o república». Creímos que iban a ser como esos guerrilleros del Punjab que se ataban una pierna al entrar en combate para no poder huir. Y nos hacía hasta cierta ilusión morbosa, por qué no confesarlo, porque le envidiábamos, por ejemplo a Chaves Nogales, las oportunidades del tiempo español que vivió. Y mira en qué ha quedado todo, la ferocidad, la resistencia, las indoblegables voluntades del independentismo. Si es que había más épica en los Clásicos de Mourinho. .

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2017-11-12 07:41