El matrimonio que ha visto la evolución en directo

«Estábamos de visita en la Universidad de Cornell cuando un catedrático nos preguntó: ¿Cómo trabajando juntos todavía estáis casados? Yo dije, bueno, es muy sencillo. Casi nunca tenemos conflictos, pero si los tenemos, Rosemary toma la decisión final en la isla Genovesa y yo, en la de Daphne Major.

El problema es que ahora solo trabajamos en Daphne y es ella la que manda». Peter Grant resume en tono de broma el secreto de su largo matrimonio mientras su esposa Rosemary, sentada a su lado, protesta enérgicamente entre risas: «¡Eso no es verdad!».

Los Grant, ambos de 81 años, aún atléticos y de sonrisa permanente, se ceden la palabra, se escuchan con atención y, a veces, uno termina la frase del otro, especialmente si con eso pueden tomarse el pelo. Peter parece un experto. Comparten una complicidad férrea que, probablemente, vaya más allá del terreno personal y también esté detrás de su éxito como científicos. Estos biólogos de origen británico, profesores de la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, EE. UU. ), han hecho un descubrimiento extraordinario: han comprobado que la evolución de la especies puede producirse rápidamente, en cuestión de años, en vez de ser un fenómeno perdido en el transcurso de los tiempos. Es decir, han enmendado la plana al propio Charles Darwin. Y lo han comprobado con sus propios ojos, en tiempo real, observando sobre el terreno a los pájaros que también inspiraron al padre de la teoría de la evolución, los pinzones de las Galápagos.

Hace un par de semanas, los Grant recibieron en Madrid el Premio de la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación, una oportunidad en la que explicaron cómo es su vida de robinsones modernos por la que se han hecho casi legendarios. Desde 1973, estos investigadores viajan a la pequeña isla deshabitada de Daphne Major, donde pasan varios meses al año. Allí siguen los «nacimientos, bodas y defunciones» de unas 200 parejas de aves, que etiquetan y de las que recogen muestras de sangre para su análisis genético. Hace bien poco que regresaron de su última estancia.

La isla, el cráter de ceniza de un volcán extinto, está rodeada de acantilados, no hay playa ni un lugar en el que aterrizar y apenas se encuentra un terreno plano donde colocar una sencilla tienda de campaña. En esas condiciones y con temporadas de calor insoportable, muchos lo considerarían un lugar inhóspito, pero para el matrimonio es el paraíso. «Fuimos a las Galápagos porque en este archipiélago viven varias especies de pinzones en un entorno donde no hay interferencia humana. Además, como se encuentran en el ecuador, están expuestas al fenómeno de El Niño, por lo que hay años de sequía y otros de mucha lluvia, factores ambientales que influyen en la generación de nuevas especies», explica Rosemary.

El gran pájaro

Rosemary Grant, en la isla - R. P. Grant

Esas circunstancias naturales han demostrado ser el motor de la selección natural. Durante los años de sequía, muchos pinzones morían, especialmente aquellos con picos cortos adaptados a comer semillas pequeñas, de las que había escasez, por lo que solo los que tenían picos grandes capaces de abrir semillas grandes para alimentarse salían adelante. El tamaño del pico es heredable, así que las siguientes generaciones del pinzón terrestre mediano (Geospiza fortis) desarrollaron picos más grandes. La selección natural y la evolución en acción, presenciadas en solo unos años.

Y luego apareció «Big Bird». «Cuatro años después de la primera sequía (1977) vimos un pájaro en la isla que era bastante raro y muy grande», recuerda Peter. El ejemplar, un inmigrante que solo recientemente y gracias a estudios genéticos se ha sabido que provenía de La Española, a unos 100 kilómetros de distancia, sería clave en sus investigaciones. «Al cabo de dos años, y no sin cierta dificultad, el ave consiguió novia, una hembra de pinzón mediano. Lo que surgió de ese cruce se reprodujo a su vez, y a partir de ahí, durante seis generaciones, solo lo han hecho entre ellos», añade. El linaje se conformó como una nueva especie por hibridación en solo dos generaciones ante los ojos de los Grant. «Hemos sido capaces de identificar paso a paso cómo se producen los cambios evolutivos. Los hemos visto año a año, a veces mes a mes», asegura el investigador. «Creo que Darwin habría estado encantado si hubiera podido ver todo esto. Le habría fascinado», añade su esposa.

Pero no solo los pinzones son capaces de evolucionar de forma tan rápida. Según los Grant, hay otras especies que también lo hacen. Como unos peces salvelinos (Salvelinus alpinus) que viven aislados en los fiordos de Islandia, otro pez mexicano (Astyanax exoginus), que se ha vuelto ciego muy rápidamente por vivir en las grutas o incluso los ratones, cuyo color varía según el entorno en el que habitan para pasar desapercibidos y no ser devorados por los depredadores. Rosemary sospecha que esa evolución rápida «pasa con mucha más frecuencia de lo que sabemos».

El matrimonio, trabajando en la isla de Daphne Major

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Rosemary y Peter Grant

Los Grant planean volver a Daphne Major el próximo año. «Puedes pensar que es muy incómodo, pero para gente como nosotros que llevamos haciendo camping desde que éramos adolescentes, no lo es», apunta Peter. Mira a su compañera y anuncia:

-Ahora vas a decir que es superincómodo.

Ella se ríe y explica las circunstancias: «La cocina está en una cueva, el laboratorio en otra, y la tienda en un lugar casi plano, pero no del todo». Hasta seis meses seguidos han pasado en esas condiciones. Todo lo necesario, el agua y la comida, se lo llevan en barco desde la estación de investigación Charles Darwin, en la isla cercana de Santa Cruz. Cada cuatro o cinco semanas les reponen el agua y algún producto fresco, pero la mayor parte de la comida es enlatada. «Tenemos que ser extremadamente cuidadosos para no introducir en la isla ningún insecto o semilla ajenos. Todo el equipo pasa una cuarentena, incluso el arroz se congela durante 72 horas antes de traerlo», aclara. Para evitar que surjan insectos escondidos, la única fruta que pueden llevar son plátanos, que además sumergen en el mar antes de entrar en tierra.

Papel, lápiz y prismáticos

La comida y el agua se introducen en barco en la isla - R. P. Grant

Que nunca hayan sufrido un accidente en una isla tan abrupta constata su buena forma física. Incluso llevaron a sus hijas, Nicola y Thalía, en un par de ocasiones, una cuando eran niñas y otra ya universitarias. Tocaban el violín, se bañaban en el mar, seguían a las aves. . . Una situación mágica que ellas siempre han agradecido. Mientras, sus padres hacían ciencia «con lápiz, papel y prismáticos». Esa era la manera hace 40 años y hoy lo sigue siendo. Capturar a las aves, anillarlas, medirlas y recoger muestras de sangre es algo que no se puede hacer con cámaras ni con un dron. «Es trabajo duro, la verdad -reconoce Rosemary- pero cuando estás allí hay tantas preguntas. . . Siempre hay algo nuevo en las plantas, los insectos. . . Es superemocionante volver. Es fácil estar motivado». Pero, ¿hasta cuándo piensan volver a la isla?

-Bueno, tenemos 81 años, dice Rosemary prudente.

-Pues di otros 40 años.

Peter tiene todo el aspecto de ser capaz. En realidad, ahora se lo plantean año a año. «Ojalá fuera posible tener otros cuarenta por delante», suspira Rosemary. Los dos se miran sabiendo que nada les gustaría más.

De nuevo la complicidad. Peter también tiene una respuesta seria al éxito de su matrimonio: «Es el respeto mutuo. La vida de casados es una vida de descubrimiento doméstico, así lo veo yo. Y trabajamos juntos, por lo tanto, también tenemos la oportunidad de descubrir cosas a nivel profesional. Creo que, al final, solo podemos decir que hemos tenido suerte». Y añade: «Pero eso, que Rosemary decide casi todo». .

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2018-7-1 04:43