Orwell y el piropo

El piropo ha sido siempre un verso urgente, un apretón lírico de arena y asfalto, un destello onírico de ingenio o un compás entre la metáfora y el símil. La palabra piropo procede del griego «pyropus», que viene a significar «rojo fuego».

Los romanos, imperiales hasta en el más nimio detalle, tomaron este vocablo de los griegos y lo usaron para denominar a las piedras preciosas de color rojo. El rubí, vamos, que simbolizaba el corazón, y era la piedra que los galanes regalaban a la mujer a la que pretendían conquistar.

Pero, naturalmente, no todos podían regalar rubíes, así que tenían que suplirlos regalando hermosas palabras. Luego el piropo se hizo mediterráneo y castellano, saltando a América donde se retuerce con esmero el lenguaje hasta extremos insospechados en la versión argentina, por ejemplo. Escuchar un piropo porteño viene a ser como deleitarse con el paso entrecruzado de piernas de un tango. Tan bello como inverosímil.

Los trovadores del medievo le pusieron música y los hidalgos los arrojaban sobre sus capas tiradas al suelo para que las pisaran las conquistas ensoñadas o las amadas. Las capas terminaron siendo un desecho. En el siglo XIX llego el beso al aire orientado con la mano y los hombres se tapaban los ojos al pasar ante una mujer, como indicando que podían ser deslumbrados por tanta belleza.

En el siglo XX, el piropo se democratizó hasta rozar la llaneza del gremio obrero cualificado (albañiles, fontaneros de larga espalda rajada o simples peones), y luego se malcrió hacia lo grotesco, como ha venido ocurriendo con tantas otras cosas. Y en los albores del siglo XXI, el piropo es una tesela lingüística y arqueológica destrozada por la tecnología y el ansia egoísta de poseer.

Sin embargo, la Junta de Andalucía ha sido más simplista, como no cabía esperar de otra manera, reduciendo al emisor del piropo a la condición de animal, sin diferenciar el grano de la paja e insinuando que podría ser la antesala de la «violencia machista» junto con otros comportamientos detestables. Hombres como pulpos, cerdos, búhos o buitres. Han logrado, en su descargo, levantar las críticas de los animalistas, dejando tranquilo un rato al toro.

Vuelven George Orwell, su obra «1984», el Ministerio de la Verdad, su Policía del Pensamiento y la neolengua. El revisionismo que tanto gusta en las tripas fundamentalistas del régimen, la intromisión en la esfera personal, las sagradas escrituras de la falsa progresía, la aniquilación del lenguaje y la intervención de la mujer, porque si como argumentan los ideólogos de la campaña oficial, el piropo cosifica, más cosifica esta política que dicta hasta cómo hay que respirar, comer, hablar o sentir. . . , y denigra y etiqueta al hombre, de manera genérica, como un apestado social con capirote de la Santa Inquisición. La sensibilidad hacia el lince es ya inversamente proporcional a la del género masculino. Pronto le tocará a los poetas, a los que acusarán de camuflar el machismo en sus versos alejandrinos. . .

Esta amalgama político- administrativa orwelliana, que vigila sin descanso, es la misma que ha mantenido en la pantalla del Ministerio de la Propaganda a un presentador que arrancó la falda a una presentadora en directo, en el «prime time» andaluz de las tardes, donde las mujeres de cierta edad aparecen como en las antiguas ferias de ganado a la espera de la llamada del mejor postor. Pero eso es periodismo social.

Nada ha dicho esta Junta «Gran Hermano» de las campanadas con transparencias-objeto en la tele de Roures. Pero eso es glamour. Ni tampoco movió un dedo cuando el coordinador regional de IU y candidato a la Presidencia de la Junta y expresidente del Parlamento andaluz, Diego Valderas, se acordó de «la de las tetas gordas» en alusión a una delegada de Educación. . . Pero eso fue un desliz.

Nada como regalar rubíes. .

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2018-1-21 04:43