Pérez Maugham

ESTÁ muy dicho que Arturo Pérez Reverte es el Dumas español, maestro contemporáneo de la novela de aventuras y creador, con Alatriste, de una saga épica nacional que estaba intacta desde Galdós en la narrativa en castellano.

Pero hay otro Reverte, quizá más auténtico en la medida en que se retrata mejor a sí mismo -o al menos a una parte de sí mismo- en una mayor ambición literaria. Un escritor puro, vertical, que disfruta en y con la literatura de la experiencia, con la reconstrucción minuciosa de ambientes y la creación de personajes biselados en la ambigüedad moral y en los perfiles borrosos de la crueldad, del heroísmo, de la lealtad o de la violencia. Un novelista de esos que agarran de la solapa al lector y se lo llevan a rastras por un itinerario de ficción verosímil cuyas trampas sólo conoce el que lo ha construido; el embaucador inteligente que, como sus propias criaturas, te devuelve al final de cada libro a la realidad con la desazón de no haberte quedado a vivir en el emocionante mundo al que te había conducido con sus sugestivos trucos de prestidigitador elegante.

Ése es el Reverte de «Falcó» y de su continuación, la flamante «Eva», en los que viaja por la turbulencia homicida de una Guerra Civil contemplada desde el prisma ético de un Chaves Nogales: con la distancia de una mirada impávida, desprovista de pasión ideológica y de apriorismos sentimentales, como un notario del aquelarre cainita de estupidez y ferocidad en el que los españoles se entregaron con saña al pasatiempo de asesinarse. Por entre esas trincheras de barbarie se mueven un antihéroe de gélida estructura moral, un mercenario de cuello blanco y gemelos impecables, y una suerte de vampiresa estalinista cuyo ciego idealismo ejemplifica la mesiánica iluminación colectiva que teñiría el siglo XX con su rojo delirio de sangre. Ha querido el autor que su turbio protagonista trabaje para el bando de Franco para desafiarse a sí mismo -Reverte, no Falcó- a recorrer la vidriosa atmósfera de la tragedia histórica sin fáciles maniqueísmos ni prejuicios doctrinales.

Pero en «Eva» se ha delatado con la cita del arranque, una frase cínica de Somerset Maugham que es casi una reivindicación de linaje. Hay mucho del refinamiento colonial de Maugham en esos escenarios de sofisticación decadente, en el aire sibarita de ese mundo de espías y asesinos galantes, en esa vida de hoteles de lujo que en los años 30 era posible vivir en sitios como Singapur o Tánger. Más duro y más seco Reverte, que ha visto el horror de la guerra más cerca que el médico que fue Maugham, lleva sin embargo el mismo ADN de narrador prístino, atento sólo a la pureza creíble de sus materiales. Con buenas costumbres no se hace buena literatura, decía Gide, y es cierto; pocas historias son más atractivas que las que logran que un lector sienta empatía con tipos de tan primorosos métodos criminales. .

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2017-11-12 18:04