Periodismo y cine en tiempos de furia

Garci es para leer, para escuchar, para ver, para pensar, para rebatir, para anotar, para releer, para discrepar, para subrayar. Llevarte un Cavia por derramar por un amigo (Gil Parrondo) un puñado de lágrimas o palabras, tanto da, sobre la Tercera de ABC permite a los asistentes a esas galas relamerse doblemente: tras la lectura del artículo de Garci, la guinda es escucharle en una noche de almas encogidas a un lado y otro del puente aéreo.

El pasado jueves a la hora de la cena, la Casa de ABC premió con el Mariano de Cavia al cineasta por su Tercera titulada «Hollywood Gil»; con el Luca de Tena, a Cristián Zegers, por su trayectoria en el diario chileno «El Mercurio»; y con el Mingote, a Andrés Rábago García, El Roto, por su punzada en forma de viñeta en el corazón de «El País», en el que trabaja, y del país, en el que nació y nacimos los demás.

El otoño templado en Madrid era candente en España. Al Rey lo retuvo en su despacho una tarde de elecciones sí, elecciones no, Soraya en el Senado, Puigdemont en el olimpo del surrealismo y bochorno en el alma. Llegó la Reina puntual, vestida con un mono ancho en tonos burdeos, replicados en sus labios, de Ángel Schlesser, que hizo las delicias y agotó las baterías de los fotógrafos del cuché. A su alrededor todo eran preguntas y Doña Letizia, cálida y sonriente, anunció en los corrillos que iba a pronunciar un discurso corto y centrado en la profesión de casi todos los asistentes y que ella ejerció, cuando era solo una muchacha, en esta Casa: el periodismo. Porque periodismo y democracia son indisolubles, dijo durante la cena y muchos reconocieron en esas palabras un fresco de los días de furia que vivimos, que ha hecho de la Prensa seria y rigurosa un refugio para entender la «rueda de la existencia», con permiso de Campoamor.

Móviles agotados

Noche de móviles agotados. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, parecía conectado con su celular a una realidad dolorosa que arrojaba inquietud desde la Plaza de Sant Jaume, en Barcelona. Muy cerca, el abogado Matías Cortés y con cara de preocupación el exfiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, que representaba sin verbalizarlo esa expresión tan común que todos hemos pronunciado alguna vez: ¡de la que me he librado! Torres-Dulce estaba en ABC en calidad de amigo del alma de Garci, porque también para los fiscales el cine, todo en la vida es cine y los sueños cine son, es el bálsamo con el que las heridas de la política y la justicia pueden sanar. Tan bien lo sabe Garci que volvió a empezar 34 años después: se hizo cortar la misma chaqueta, camisa, pantalón y pajarita que lució cuando recibió el Oscar. «Sí, sí, es exactamente la misma ropa porque para mí el Oscar en cine es lo mismo que el Cavia en periodismo», apuntaba entre carcajadas.

La euforia de los premios suele reventar en la pupila de los distinguidos. Los ojos de Garci eran un clamor, acompañado por su mujer, Andrea Tenuta, y por su fiel amigo, Oti Rodríguez Marchante, mientras compartía charlas de Bogart –Humphrey para Garci– con el respetable. Pero no menos deliciosa era la dicción y la voz de aldaba del nuevo Premio Luca de Tena, Cristián Zegers. El alma del diario chileno «El Mercurio» que, como buen latinoamericano, presumía de amor a España. Rodeado de un corrillo de españoles, Zegers nos dio una lección del abecedario de la pasión: respeto, reconocimiento, orgullo, protección y dulzura al hablar de España. Y como él, el expresidente colombiano Andrés Pastrana, preocupado por el desafío independentista.

Ministros del Reino de España, como María Dolores de Cospedal, Alfonso Dastis o Isabel Tejerina, se esforzaban por ser optimistas en la víspera del 27 de octubre, un día trascendente, histórico, con 155 razones para tener esperanza. Un día que el nuevo Premio Mingote, El Roto, dibujará para la posteridad como si su trazo fuera un relámpago sobre la cuartilla negra de estas horas, horas negras también. Como lo hace cada día José María Nieto en un rincón de este periódico.

Buen humor

En la cena de los Cavia todavía cupo el buen humor. Cómo si no catalogar la reunión de Esperanza Aguirre y la baronesa Thyssen, de negro y blanco, respectivamente, ambas divertidas al recordar cómo en distintos momentos de la historia de Madrid se encadenaron a sendos árboles. «Ella me enseñó cómo hacerlo», bromeaba Carmen Thyssen. Para Aguirre, que se confesó con el periscopio político bajado, es momento de reivindicar el Senado –fue la primera mujer que lo presidió– «un órgano de segunda lectura mucho más profunda que la del Congreso». Tres políticas madrileñas en activo también disfrutaron de la fiesta del periodismo. La presidenta de la Comunidad, Cristina Cifuentes, junto con la Reina y los ministros, llegó vestida con kimono de la diseñadora Adriana Iglesias y pantalón y cuerpo de Zara. También pudo charlar de Madrid con la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento, Begoña Villacís, y la delegada del Gobierno en la capital, Concepción Dancausa. A pocos metros, Elena Cué se mostraba entusiasmada con su labor de entrevistadora en ABC, que le ha permitido charlar con figuras tan esenciales como Doig, Lipovetsky o Krause, entre otros. Del mundo de la economía, y con la vista puesta en la repercusión de las horas amargas en Cataluña, compartieron la velada el presidente de Renfe, Juan Alfaro, y el hasta hace un mes responsable de Aena, José Manuel Vargas.

Decía Roa Bastos en su delicioso «Yo el Supremo» que el diccionario es un osario de palabras vacías. Quizá el periodismo y el cine consigan algún día resucitarlas. Al cabo, Garci, Zegers y Rábago lo intentan sin descanso. .

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2017-10-29 04:43