Un polígrafo contra los bulos en la Red

Hace menos de dos semanas, George Lakoff, profesor emérito de la Universidad de Berkeley, se atrevió a publicar la taxonomía de los tuits de Donald Trump: padre y profeta intelectual de la desinformación en Internet.

Y se encontró con que las bravuconadas del presidente de Estados Unidos encajaban siempre con las mismas cuatro ideas: divertir a sus acólitos, atacar al mensajero, provocar al público y poner un tema encima de la mesa.

Lo que en realidad Lakoff quería trasladar con su experimento es el peligro que entraña la comunicación basada en el ruido. Da igual que la información sea un bulo. No importa que Trump haya dilapidado la poca credibilidad con la que tomó posesión del cargo. Si se repiten sus astracanadas una y otra vez; funciona. No hay más que volver a las viejas enseñanzas del refranero: «Difama, que algo queda».

«El tema de las noticias falsas es un reto a nivel mundial», ratifica Guillermo López, con el tono de quien conoce el asunto de primera mano. A través de su empresa Torusware —una spin-off nacida en las aulas de la Universidad de La Coruña (UDC)— ha creado una plataforma de detección de mentiras en la Red. Una especie de rastreador que monitoriza en tiempo real enormes flujos de información, y que es capaz de detectar las falsedades aplicando el instinto de los usuarios. «Lo que hace nuestra plataforma es analizar los datos relacionados con las redes sociales y los blogs, y apuntar a aquellos que presuntamente tengan más posibilidades de publicar un ‘fake’».

Y para explicarlo, pone un ejemplo real. Recientemente, una televisión de ámbito nacional difundió en Twitter la noticia de un incendio en Castelldefels, con la correspondiente imagen del monte quemado. Pero la fotografía era falsa. No correspondía a la localidad barcelonesa, sino a un fuego registrado en Alicante. «Causó un poco de revuelo porque a los dos minutos, una cuenta con muchos seguidores la denunció», relata López en conversación con ABC.

¿Qué hizo entonces la plataforma? Comprobó quiénes estaban protestando por la veracidad de la imagen, y verificó si entre ellos había mayoría de internautas comunes o si al contrario se trataba de meros «trolls». «Lo que hacemos nosotros es, como tenemos esta información y la ponderamos, podemos separar el grano de la paja. Más que meternos en el apartado de la inteligencia artificial, confiamos en la masa que consume esa noticia y que va a darse cuenta antes del error».

Política y empresa

Pero uno de los grandes obstáculos con los que se topa la informática es, paradójicamente, la capacidad de los humanos para contar algo diciendo lo contrario. Un ordenador no entiende de sarcasmos ni discrimina entre las campañas orquestadas y las noticias satíricas. En la inmensidad de Internet no existe la diferencia del«blanco y negro», solo una infinita «escala de grises» bajo la cual se parapetan muchos propagadores de bulos para matizar que sus contenidos nunca se acaban de desvincularse del todo de la verdad.

Lo saben López y su equipo; y desde luego lo saben también las autoridades españolas y europeas que ven detrás de cada asonada la mano oscura de los intoxicadores de la Red. En los actos de celebración de la Pascua Militar, María Dolores de Cospedal, dio la voz de alerta. «No debemos llevarnos a engaño», dijo la ministra de Defensa, «esas injerencias externas solo pretenden desestabilizar los países». En Francia, Macron prepara una ley para declarar la guerra a difusión masiva de noticias falsas durante las campañas electorales.

Aunque, ni la sombra del espionaje ruso, ni Trump, ni cualquier asunto de relevancia global espolearon a la empresa gallega a sacar adelante su proyecto. Fueron, al contrario, las primeras señales de que las empresas estaban librando en las redes sociales su particular «guerra de guerrillas».

Con más de una década de experiencia en el análisis del «Big Data», el grupo del investigador constató que no todas las críticas dirigidas hacia un producto eran fruto de la casualidad. «Cuando hay gente quejándose de una marca, la campaña puede estar orquestada: no son simples consumidores», subraya López. «Cuando alguien hablaba mal de una marca se lo decía a diez, ahora lo dice en las redes sociales y tiene mayor impacto».

Todo lo explica el dinero, dice. Desde un montenegrino que quiere ganar dinero en Internet publicando falsedades sobre Hillary Clinton, hasta una compañía que quiere destruir a su competencia a base de minar su reputación. En eso, los billetes son casi tan viejos como la mentira. .

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2018-1-15 02:43