Rajoy ante el espejo

La tendencia natural de Rajoy a hacer solo lo mínimo imprescindible se ve reforzada estos días por el convencimiento personal de que ya ha conseguido todo lo que quería. Superó el match ball que estuvo a punto de convertirle en el presidente electo más breve de la historia y ahora tiene en su mano batir la marca de ocho años que comparten, al alimón, Aznar y Zapatero.

Si agota la legislatura, él habrá gobernado nueve.

Yo soy de los que cree -llamadme idiota- que Rajoy no tiene intención de presentarse otra vez a las elecciones. Lo único que le preocupa es embellecer el papel que le adjudicará la historia. Quiere ser recordado como el hombre que aguantó casi dos lustros en el poder -una marca solo superada por Felipe González- y que se vio obligado a sacar con una mano la artillería pesada del 155 para defender la integridad territorial española mientras sacaba al país, con la otra mano, de la profunda crisis económica que heredó cuando llegó al Gobierno.

Me dicen mis espías paraguayos que últimamente repite en voz alta consideraciones de este tipo para sus hagiógrafos vayan tomando buena nota. Tiene que ser una nota biográfica canónica, claro. Como diría Van Gaal: todo positivo, nada negativo. ¿Que la rebelión independentista pudo ser el fruto de errores previos? ¿Que el 155 se aplicó tarde y mal? ¿Que el PP se ha convertido en una banda de siseñores sin más proyecto que la supervivencia en el poder? Que la cornada de la corrupción ha infectado casi todos los órganos vitales del partido? ¿Que la izquierda radical es un invento de los alquimistas oficiales que andan buscando el elixir del voto del miedo? ¿Que las promesas electorales se convirtieron en papel mojado? ¡Pelillos a la mar! Los panegíricos no son para los escrupulosos.

Rajoy quiere irse a casa con una hoja de servicios inmaculada. Nada de admitir coqueteos con la debilidad. Quiere ser Rajoy el resistente. El jabato que resistió la acometida de los hombres de negro. El barbián que metió a Junqueras en la cárcel. El bravo que obligó a Puigdemont a largarse a Bruselas. Y, por supuesto, también el bragado que le bajó los humos a Rivera.

Si Ciudadanos cree que tiene el maletín nuclear que puede acabar a destiempo con la legislatura, se equivoca. No hay botón capaz de hacer saltar por los aires a Rajoy antes de que él decida marcharse al final del mandato. Sólo podría lograrlo una moción de censura que hoy por hoy exige una conjunción aritmética imposible. Al Gobierno le basta con prorrogar los presupuestos y seguir al tran tran para alcanzar por inercia la muerte dulce. Pero eso, más allá de lo que parece a simple vista, es malo para El PP y bueno para Ciudadanos.

Cuando un gobernante interioriza que no va a necesitar nunca más el refrendo de las urnas -y me apuesto el pincho de tortilla y caña de esta semana a que esa es la situación en la que se encuentra Rajoy, aunque él diga lo contrario- deja de hacer política y se encierra a musitar epitafios. Le pasó a Aznar. Cuando se proclamó pato cojo, al principio de su último mandato, dejó de besar viejecitas y se largó a las Azores a hacerse fotos con los pies encima de la mesa. Rajoy, mientras tanto, tuvo que vérselas con el chapapote en la orilla de la playa para evitar la estampida de unos votantes que él mismo, según barruntaba, iba a necesitar más adelante.

Ahora sigue habiendo mucho chapapote -aunque de otro género- en la orilla de la playa, pero no hay nadie del PP con las rodillas hincadas en la arena tratando de retener a los electores. Como la batalla de la sucesión no está abierta oficialmente, nadie se atreve a emular al Rajoy de entonces, no vaya a ser que las niñas asesinas, como diría Jiménez Losantos, les vuelen la tapa de los sesos. Al Rajoy de ahora se la sopla todo lo que no sea contemplarse a sí mismo y el PP no hace bada por apartarle del espejo. Si Rivera tiene paciencia la fruta caerá por su propio peso. .

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Tags: #rajoy #ser #él #quiere #ahora #hacer

2018-2-10 06:21

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2015-09-06 11:41 / España