Sin mirlo blanco, en busca de un plan B para Abertis... o no (como diría Rajoy)

No tener un plan B siempre a mano es como llevar todos los huevos en una sola cesta, tropezar y exponerse a romperlos todos y, a continuación, quedarnos con cara de alelados ante el desastre no previsto.

Por ello, dicen los psicólogos que, para cualquier decisión que debamos tomar en la vida, siempre hay que tener un plan B, que funciona para darnos seguridad y para comprometernos con resultados efectivos. Por eso, matizan, siempre da cierta ilusión de tranquilidad o control cuando el plan A falla. En cualquier caso, cierto es que el plan B funciona como respaldo del plan A. Este puede estar diseñado antes de la posible caída del plan A o luego, con las características que prevén un funcionamiento eficaz. A partir de la experiencia adquirida en la falla del primer plan y, desde un nuevo punto de vista, se le puede convertir en un plan mejorado. Aunque cierto es que si es necesario o no tener un plan B dependerá del juicio y la confianza que tengamos en el futuro.

Y en esas siguen en el Ejecutivo español ante las consecuencias y críticas que tendrá que soportar si el país pierde a una de sus grandes multinacionales con liderazgo mundial en manos, encima –les recordaré después por qué el «encima»–, de un comprador italiano. Me refiero, sí, a Abertis. Hoy por hoy esperando aún la decisión de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, ya que el regulador sigue estudiando el folleto de la oferta de compra lanzada por la italiana Atlantia, el pasado 15 de junio, que también espera el visto bueno de las autoridades de competencia de los mercados allí donde opera la española. En principio pues, apostando por su plan A, pero con un plan B ¿escondido? (me temo que no, vox populi más bien a todas luces) bajo la manga. O eso dicen por ahí. Eso sí, y ante todo, con el firme objetivo de preservar la españolidad de una de una de las joyas «privadas» de la corona.

El caso es que, de momento, tras la, digamos, aparición de un Caballero blanco –en la figura de ACS– el Gobierno resolvía su plan A. Con la opción de una contraoferta por Abertis procedente de otra compañía española, la «españolidad» –valga la redundancia– de la resultante, por su condición de estratégica para el país, queda asegurada. Pero el plan A tiene que llegar a buen puerto. Y en esas está también el presidente de la constructora española, Florentino Pérez, que no ceja en su empeño de lograr financiación para poder absorber a la concesionaria, buscando sus particulares mirlos blancos -socios industriales- que le respalden.

Mientras, y al margen de si logra finalmente la adhesión de esos compañeros de viaje para presentar una oferta competidora, y mejor, a la italiana -hete aquí su posible plan B, tras abrir el espectro no solo entre los socios industriales sino también entre los financieros, tales como fondos de pensiones, australianos, norteamericanos y holandeses, y fondos soberanos chinos, noruegos y asiáticos, tal y como adelantó ABC el pasado miércoles– (un inciso: ¡ay si Qatar hubiese podido poner pasta, otro gallo cantaría, pero con tanto bloqueo al país este verano. . . ), la opción de ACS satisface y tranquiliza ciertamente al grueso del Gobierno y, también, al accionista mayoritario de Abertis, La Caixa. Socios, por cierto, en una etapa anterior de la compañía de infraestructuras y concesiones (recordarán que ACS fue junto con la caja presidida entonces por Isidro Fainé -hoy presidente de Gas Natural Fenosa y de Fundación La Caixa– fundadora de Abertis a comienzos de la pasada década y su segundo máximo accionista hasta 2012).

Y aunque algunos miembros del Gobierno han reiterado una y otra vez que se trata de una decisión entre empresas privadas en la que no le importa la nacionalidad del accionariado y del capital, lo cierto es que en el seno del Ejecutivo preocupa, y mucho, la pérdida de una empresa puntera y más aún a manos de una compañía italiana, habida cuenta (y aquí viene el «encima» del que hablaba) de las restricciones que siempre han tenido las firmas españolas para operar en Italia y del «destrozo» para el país que supuso el craso error que en su día cometiera José Luis Rodríguez Zapatero, allá por 2009, al prácticamente entregar otra de nuestras entonces joyas de la corona, Endesa, a la estatal italiana Enel.

Así las cosas, el Ejecutivo mantiene su plan B contra viento y marea por si falla el A: tirar de toda la presión posible para dificultar al máximo el que Atlantia siga interesada en una compañía -la española- que es además más grande, global y competitiva que la italiana a todas luces. Por un lado, podría hacer uso de su derecho de veto sobre cualquier cambio en la estructura accionarial de Hispasat (de la que Abertis tiene el 90%), estratégica para el interés nacional o, por otro -lo verdaderamente importante-, no autorizar a la italiana la transmisión de las concesiones españolas, lo que la convertiría en un activo menos apetitoso.

Por último, otros vislumbran como plan B para algunos de los interesados, e incluso plan C, para otros, el que detrás de la fusión de Abertis -sea con Atlantia, sea con ACS-, esté la de Gas Natural Fenosa con Endesa. . . ¿Un intercambio de cromos con el Gobierno italiano o entre empresarios españoles? El caso es que se devolvería la energética a su país de origen y se cerraría de paso una vez por todas el fatídico futuro que todo el mundo le augura aún: su desmantelamiento y expolio total si sigue en manos italianas. Pero esa es otra historia, que por cierto ya dejé escrita aquí allá por mayo. . . .

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2017-9-11 04:43

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