Sor Juana Inés de la Cruz, la poetisa rebelde del Siglo de Oro

Mientras los hombres creían que en ellos residía la única verdad y la última voluntad en las artes durante el Siglo de Oro español; existieron damas, e ilustres heroínas que enriquecerían la cultura –a veces en silencio, y otras enfrentándolos- gracias a su obra.

De esta manera, a través de la óptica femenina se pudieron generar nuevos horizontes; que permitieron los posteriores –y aunque lentos- grandes avances para la mujer.

En los territorios de ultramar del Imperio español también florecería el Barroco, especialmente en Nueva España (actual México); en donde destacaría sor Juana Inés de la Cruz. El nobel Octavio Paz aseguró que esta dama del siglo XVII «se había metido a monja para poder pensar», y cuya obra dedicada a la religiosa

«Las trampas de la fe»

(1982) esclareció la visión de un ser humano avanzado para un tiempo donde se le tenía miedo al futuro y a la evolución.

Resulta increíble afirmar que detrás de los muros de un convento se daría una cultura paralela al Barroco, y que no sería el Siglo de Oro español sin la participación de las féminas. Pues no todo era santiguarse, dar caridad, y dedicarse a la oración; al menos no para sor Juana Inés de la Cruz, quien tenía claro que ser monja era la única salida a la Ilustración más temprana.

El «sagrado matrimonio», el entierro intelectual

Cuando apenas era una niña se entregaba a la magia de los libros en la biblioteca de su abuelo, comenzando su autodidáctico estudio al que nunca renunciaría. Y como la familia se mostraba preocupada por la «monstruosidad» de su persona tan instruida, decidió meterla en la corte virreinal de Antonio de Toledo y Salazar.

«No tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros»

Las esperanzas familiares de que se casara se derrumbaron cuando Juana Inés tomó los hábitos. «Se metió monja para poder pensar», como así había asegurado Octavio Paz. Lo cierto es que era «bien parecida» como aseguraban las gentes de la época, al parecer los pretendientes no escaseaban; sin embargo la célebre dama consideraba que el matrimonio le impediría realizarse en las humanidades. Ella sólo tenía pasión por las letras y por ello haría los votos con Dios, mas no se consagraría ni en las oraciones ni viviría bajo el miedo; que en aquel entonces dominaba la Santa Inquisición.

Su discutida orientación sexual no justificó su ingreso al convento. Argumentaba que su actividad literaria reñiría o bien, se hallaría limitada con las obligaciones de ser esposa en aquella época; aferrándose a la idea que el sagrado matrimonio significaría la sepultura de su actividad intelectual. «No tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros», expresó.

El «llamado literario»

Siendo así, ingresó a la Orden de San Jerónimo, para enfundarse en un hábito que le permitió consagrarse a la única libertad que conocía: la espiritualidad artística -algo profundamente irónico, pues en aquellos muros desarrollaría las alas que bien pudieron impedirle desarrollar en el exterior.

Sin sentir ningún impulso religioso más que el «llamado literario» las hermanas jerónimas la entendieron y la apoyaron su vocación artística. Gracias a este respaldo –que le permitieron ser ella misma- pudo crear la más representativa producción novohispana de la época; destacando la lírica, el arte sacramental, la prosa y el teatro.

Las hermanas jerónimas le apoyarían durante toda su producción. Le permitieron tener toda su biblioteca y su propio vestuario

De esta manera, cada palabra escrita por esta célebre monja era un reclamo femenino por su derecho a la educación y la interacción con la cultura; y aunque en silencio, el eco de su obra traspasó el mar y su época; siendo hoy la novohispana una fuente de inspiración para los escritores incluso como Paz.

Su cercanía con la cultura le permitió usar esa sensibilidad a favor de las letras, donde Inés comenzó a construir un universo paralelo -impensable para el contexto histórico- que fue aplaudido por sus contemporáneos, y apreciado por los virreyes junto a demás intelectuales de la época. Asimismo la obra de Sor Juana se desplegaría como la gran antesala a los poetas del movimiento posterior: la Ilustración.

Entre el mecenazgo y el recelo

Tanto en la España profunda del siglo XVII como en sus colonias, todos aquellos miedos que mantenían a las sociedades bajo el yugo de la Corona y de la religión, comenzaban a oxidarse. Gracias al pensamiento, estas instituciones mermarían su fuerza y darían paso a una inquietud cultural -que había estado reservada únicamente para aquel grupo hermético liderado por hombres- y que empezaría a contagiarse.

La «interacción femenina» con las artes en Nueva España, comenzó en la celda de sor Juana Inés, cuya pluma iniciaría una guerra intelectual contra auel hermetismo cultural.

Sor Juana Inés de la Cruz sería la responsable de desatar aquel nudo, aquel que impedía que las artes se regeneraran a través de la interacción femenina. La literatura precisaba otra sensibilidad y otra óptica para rozar aquella modernidad que tanto estaba esperando el mundo. Y esta monja sin quererlo ni pensarlo allanaría el terreno para el siguiente movimiento intelectual que alumbraría a la humanidad.

En lo que hoy conocemos por México, la «interacción femenina» comenzó desde la celda de esta célebre señora y cuya pluma iniciaría una guerra intelectual contra ese hermetismo del conocimiento. Se estaba forjando la gran poetisa de Hispanoamérica, y aunque dentro de la Iglesia tuvo grandes mecenas -al igual que los virreyes de Mancera y de la Laguna de Camero Viejo- también motivó al recelo de algunos clérigos, que la llevarían al cese de sus actividades a causa de la Santa Inquisición.

La liberación femenina de su prosa

Los muros del convento serían testigos de la escritura más rebelde de su época; el recato brilló por su ausencia y se concedió la libertad de hacer dramas y comedias, sin descartar la picardía y los infortunios del amor.

La Santa Inquisición le pondría punto a su producción tras escribir la «Carta Atenagórica», obligándola a retractarse de todo lo que había escrito

Aunque alguna vez le dedicó algunos párrafos a los temas sacramentales, sor Juana Inés definitivamente no estaba casada ni con Dios ni con sus votos, sino con el feminismo prematuro; de esa liberación de la mujer a través del erotismo.

A diferencia de Góngora y Calderón -que habían sido contemporáneos suyos del Barroco, y en cuyas obras no estuvo menos ausente lo «pecaminoso»- la monja sería recriminada por algún que otro clérigo. Un jesuita había iniciado correspondencia con ella para reprender su expresión y comportamiento literario. Según aquel, debía dedicarse más a la obra de Dios y abandonar lo mundano de sus versos.

Sin embargo, mucho más tarde la Santa Inquisición le pondría punto a su producción tras escribir la «Carta Atenagórica», obligándola a retractarse de todo lo que había escrito. Al poco tiempo después, vendería toda su biblioteca para donar los fondos a la caridad; y según alegaban, la religiosa por fin había sentido «el llamado». .

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2018-5-23 13:43

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